Búsqueda personal en torno a la figura de la madre, ¿cómo entenderla?, ¿dónde buscarla cuando ya no está?. Una reflexión sobre la construcción de la maternidad, ¿de qué está hecha una madre?. Y un cuestionamiento sobre el modelo heredado, ¿Qué es ser una “buena madre”?.
Como telón de fondo, la memoria, su fragilidad y su carácter fragmentario, y un cuestionamiento sobre la fotografía familiar como muleta de la memoria, así como una reflexión en torno al propio medio fotográfico, como superficie de registro frágil, sobre la que vemos fragmentos del pasado, y bajo la cual late otro espacio ligado a las emociones, el espacio silencioso de los reversos, al que he querido acceder a través de las intervenciones en las imágenes.




No me queda más remedio que ser paciente, deshacer los nudos y volver a conectar cada hilo. Recomponer la situación. ¿Por dónde empiezo?
Dance, dance, dance. Haruki Murakami.




Tuve una madre a la que no logré entender, estaba llena de ambigüedades y contradicciones que se fueron construyendo en torno a ausencias y silencios.
Era una mamá diferente, a mi me gustaba casi todo el tiempo.










¿De qué está hecha una madre?
¿Dónde buscarla cuando ya no está?
¿Qué significa ser buena madre?
¿Cuál es el espacio entre una madre y una hija?
Ella me decía: cuando sean madre lo entenderás…


De pequeña yo solía desarmar mis juguetes para comprender su funcionamiento.
El hilo de Diana.
Hilo tiene el color rojo espeso de la sangre. Una red tejida para trazar conexiones esenciales entre el futuro y el pasado de las vidas de madres e hijas. Existe una antigua leyenda japonesa que enlaza con un hilo rojo invisible, que arranca del corazón -la arteria Ulnar- y que une por el meñique a todos aquellos seres destinados a conocerse en algún cruce accidental de los pliegues de su camino vital.
Hilo busca entender los mecanismos ocultos que se desencadenan cuando desplazamos nuestras emociones de hijas a nuestras hijas, en el empeño de ser madres, uniendo meñique con meñique.
Se establece una línea de continuidad, en la que copiamos modelos maternos, la mayor parte de las veces de un modo inconsciente, poniendo en marcha engranajes donde se enredan lo aprendido, el instinto, la herencia o la memoria.
A veces, si estamos dominadas por los cuatro elementos ancestrales, cuando nos convertimos en madres nos sentimos vinculadas a la atmósfera, a la materia primigenia, sentimos que participamos de un magma húmedo, una materia moldeable y en los ritos de fertilidad de civilizaciones arcanas.
Pero también intuimos que lo más importante para ser madre no sean los ritos de fertilidad, si no la voluntad de serlo. Y también que seguimos patrones heredados, cultural y socialmente construidos.
Existen tantas maneras de ser madres como hijas posibles. Combinaciones infinitas. Todas las hijas tienen o tuvieron una madre, pero no todas las hijas tuvieron otras hijas. Nos marcan tanto las madres ausentes, como las buenas madres, las malas, las indiferentes, las frías o las de regazo cálido. Rocío lanza preguntas como dardos: ¿Es equivalente la maternidad de hoy con la de los tiempos de Gea, madre de todas las madres?
Se desencadena una sumisión simbólica a la ley de la naturaleza, al destino, eslabón que enlaza a las mujeres y las une a la tierra, con un manto rojo, como el origen del mundo.
En Hilo es roja la sangre, rojo es el hilo, la tierra es roja, intentando establecer una relación telúrica, ancestral.
Las notas de Roland Barthes sobre la fotografía se desencadenan una melancólica tarde de noviembre al enfrentarse al álbum familiar, buscando reconocer el rostro desvanecido de su madre, a quien ya no podía reencontrar en las viejas fotografías.
“La fotografía me obligaba así a un trabajo doloroso; inclinándome hacia la esencia de su identidad, me debatía en medio de imágenes parcialmente auténticas y, por consiguiente, totalmente falsas”
En Hilo, Rocío Bueno establece tres líneas de acción para pensarse como madre y encontrar a su madre, apostando por una fotografía expandida. El primer ejercicio es también la intervención en el archivo familiar, en el que las fotografías se transforman en imágenes objetuales, alteradas con lágrimas de color rojo y gestos que las tachan, las punzan, las rasgan, y buscan secretos en su reverso. En el segundo, los retratos actuales de su hija, en cuyo meñique se sigue enlazando el hilo del destino para continuar con la eterna cadena, y por último las fotografías de paisaje donde se concentra toda la furia, en una concepción romántica de la naturaleza.
Logra crear un universo propio, pero en el que cualquier madre e hija puede transitar, con el tratamiento dilatado de la fotografía, unido por el rojo. Un planeta en el que reina Diana cazadora.
James George Frazer en La rama dorada nos recuerda que la diosa Diana “no era solamente la patrocinadora de los animales salvajes, señora de los bosques y montes, de los claros solitarios y de las rumorosas corrientes; imaginada como luna (…) ella henchía la casa de labor del agricultor con frutos hermosos y escuchaba las oraciones de las parturientas. En su bosque sagrado de Nemi (…) tenía culto especial como diosa de los partos, la que concedía descendencia a los humanos”
Las montañas de Rocío son como vientres, los bosques se enredan en la melena de las niñas y las raíces crecen en un planeta nuevo, que nos resulta extraño, bajo cielos dominados por otros vientos y otros signos del zodíaco, y por los que cabalga la diosa Diana.
Lo único que nos queda, como a Barthes, cuando encontramos por fin la foto del Invernadero, en la que creemos reconocer la esencia de quien fue nuestra madre, son fragmentos de felicidad y atroces duelos, que nos obligan a pensar en la inexorable cadena de las generaciones.
Carmen Damau
1 Barthes, Roland. (1980) La cámara lucida. Paidos. Barcelona, 1989, Pág.119
2 Frazer, James George.(1890) La rama dorada. Fondo cultura económico. Madrid, 1981. Pág 172